Etica Biblica para medicos por Mario Cely Q (Th. M.)

ÉTICA BÍBLICA PARA MÉDICOS

Mario Cely Q. (Th. M.)

Seminario Teológico Reformado de Colombia (Bogotá)

1. FUNDAMENTOS BÍBLICOS PARA UNA MEDICINA MÁS HUMANA

El humanismo médico actual mira y valora al hombre según los conceptos filosóficos del atomismo (el hombre es un manojo de átomos) y del mecanicismo (el hombre es una máquina descompuesta que hay que reparar). En varios sectores de la investigación médico-científica, la medicina moderna continúa sobre la base del antiguo pensamiento griego el cual, desde el siglo XIX, reapareció bajo la forma del positivismo científico. Triste consecuencia del enfoque positivista es el desprecio que tienen muchos médicos por la opinión divina acerca del hombre según consta en la Biblia. Esto, ha producido una medicina totalmente alejada de su propósito básico: colaborar con Dios en el rescate del hombre que está enfermo moral, espiritual y físicamente, y esto a escala universal.

Es necesario, entonces, que de forma crítica examinemos los principales fundamentos de la cosmovisión judeocristiana sobre el hombre, presentados aquí como una refutación al humanismo médico-científico[1] y como una invitación al sano filosofar de quien quiere ser un buen médico.



Fundamento Nº. 1: El hombre es creación divina

El libro bíblico del Génesis contiene dos relatos de la creación del hombre. El primero en 1:26,27; el segundo en Génesis 2:7. En el primero se registran dos importantes asuntos: (1º) la decisión divina de crear al hombre a su propia imagen y semejanza; y (2º) el acto divino a través del cual implementa dicha decisión. Nada se nos dice acerca de los materiales o métodos que Dios empleó para su magna obra. El primer relato hace énfasis sobre el propósito y la razón o razones divinas al crear al hombre: “Y los bendijo Dios, y les dijo: fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla...” (1:28). Este texto nos conduce a reflexionar sobre el importante significado del dominio que sobre toda la tierra Dios entregó al hombre.

El segundo relato es diferente. Allí se nos dice: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Génesis 2:7). En este versículo el énfasis recae solemnemente sobre el hecho de que Dios creó al ser humano. De acuerdo con nuestra fe cristiana, la primera pareja a quien la Biblia denomina Adán y Eva es el tronco biológico indiscutible de toda la humanidad. Ahora bien, al hablar bíblicamente sobre el origen del hombre como varón y hembra, es indispensable comprender que estamos hablando de algo mucho más allá del simple origen como tal. La revelación divina nos cuestiona principalmente mediante un par de preguntas: ¿para qué existe el hombre sobre la tierra, y ¿cuál es el propósito de esta existencia?

El médico que se guía por las enseñanzas del humanismo evolucionista con frecuencia responde estas preguntas desde este particular enfoque dando por sentado que ya no existen respuestas racionales a estas cruciales incógnitas. El cuadro bíblico del origen de la humanidad nos dice que el Todopoderoso, sabio y buen Dios creó a la raza humana para que le amara, le sirviera y disfrutara de su compañerismo para siempre, pero también para que viva en armonía con los demás hombres. Tocante a este tópico, el conocido Catecismo Menor de Westminster hace la siguiente pregunta: ¿Cuál es el fin principal del hombre? R/. “El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de Él para siempre”.

Estas definiciones están explícitamente aclaradas en las Santas Escrituras. Dios mismo dice por boca del profeta Isaías: “Todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice” (43:7). Y el rey David nos hace notar que su formación embrionaria o fetal en el vientre de su madre tiene como máximo propósito honrar a Dios y servirle en esta vida. David declara:

“Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra (en el vientre de la madre). Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas” (Salmo 139:13-16).

Este primer postulado hace que pensemos en otros asuntos que la medicina actual necesita aprender a tomar en cuenta:

A. Dignidad de nuestra propia existencia individual. En este mundo el comienzo de la vida de cada persona es el mismo: ocurre cuando el esperma del hombre se combina con el óvulo de la mujer durante el coito (salvo aquellos cuyo nacimiento fue in vitro o probeta). Pero en sentido teológico, hay que decir que la sexualidad humana es el medio por el cual el Señor origina biológicamente nuestro ser. (No entro aquí a considerar el insoluble tema teológico de si el alma es creada directamente por Dios o si es generada en la fusión entre esperma y óvulo). Lo que sí debemos afirmar sin cortapisas es que el buen médico debe entender que la vida de toda persona que pasa por sus manos ha sido creada por Dios con el exclusivo fin de que colabore con Dios a que dicho individuo encuentre la razón básica de su existencia: vivir para aprender a honrar y glorificar a Dios mientras vive. Y desde luego que esto atañe a la recuperación u orientación de la salud integral de sus pacientes.

El buen médico que razona con profundidad acerca del indescriptible significado de la vida humana debe entender que su paciente es digno de su mejor atención médica cuando la necesita sin importar su condición social, religiosa o política. Pero tampoco debería importar la situación económica del paciente si no tiene dinero o seguro médico si se trata de salvar su vida. Por medio de mis tareas pastorales en hospitales y clínicas he llegado a entender lo difícil que resulta a muchos médicos cumplir su labor a cabalidad. Hay muchos obstáculos por la misma desorganización política, y en otras el concepto de los derechos humanos es solo una idea escrita sobre el papel. Es determinativo, entonces, el sistema de seguridad social de cada país. Asimismo, en muchos países la seguridad social está adaptada para dejar morir o acabar con la vida de un paciente con el fin de que no genere gastos al Estado. Pero a pesar de estos inconvenientes, ¿qué tiene de extraño que diga que el buen médico siempre debe estar dispuesto a salvar la vida de los demás aún por encima de estos obstáculos? ¿No es acaso, un mandamiento divino y para el cual todo buen médico se ha preparado? Hacer lo que esté a su alcance con tal de ayudar a fomentar la dignidad de la vida humana salvándola de las garras de la muerte no es un heroísmo, es un imperativo moral que emana de la voluntad de Dios.

B. Somos más que barro. El paciente que el médico toma en sus manos es más que un compuesto molecular de átomos de hidrógeno y oxígeno. El organismo físico del hombre es más que el complejo universo de relaciones químicas y biológicas. La Biblia enseña que nuestro cuerpo creado por Dios del barro no es meramente un compuesto físico-químico, sino una unidad que también posee un alma de naturaleza espiritual, moral, intelectual y emocional. Hablo aquí justamente del glorioso “soplo divino de vida” (Génesis 2:7). Esta es una razón profundamente dignificante tanto para el médico como para el paciente, cada uno es singular. Somos seres separados o individuados de los demás pero con identidad propia.

Entendido esto así, no se debe pasar por alto la identidad que distingue a nuestro prójimo como ser personal, y ser en-relación. Aquí vuelvo y digo, surge la inmensa responsabilidad de todo médico por las personas que Dios pone en sus manos. Máxime si se toma en cuenta que quien ha estudiado medicina y la ejerce, ha sido equipado con el don especial del conocimiento acerca del funcionamiento, curación, preservación y causas de las enfermedades del cuerpo del ser humano. Nadie sino el médico, al poseer dichos dones también tiene la facultad de destruir o construir la “identidad”, “individualidad” y “unidad humana” que ha sido creada a imagen de Dios la cual puede hallar importante expresión por medio de nuestro maravilloso cuerpo físico.

Fundamento Nº. 2: El hombre es un ser individual

Por ser creación de Dios decimos que los hombres y las mujeres son seres individuados. El hecho de que no existe un ser humano igual a otro debe hacernos pensar en la gran importancia que tiene el ser humano como tal. Como individuo significa que no es una “cosa” o un “objeto”. Los médicos “cosistas” debieran comprender que una “cosa” es algo que se puede manipular a voluntad, que por sí misma no tiene voluntad, ni libertad, ni creatividad. El paciente-agente no es como el estetoscopio. Algo muy diferente es el hombre. Los médicos saben, pero la gran mayoría ha olvidado qué lo que más necesita un paciente es “relación con” (el médico) antes que una “necesaria” intervención quirúrgica o el tratamiento fármaco. La práctica de la medicina preventiva puede ocurrir aún dentro del mismo tratamiento. Muchos pacientes ven más rápido recuperada su salud (más de lo que el médico puede creer) con el sólo hecho de haber sido escuchados, comprendidos, respetados y atendidos con amor por parte del médico. Esto suele ocurrir cuando el médico valora la importancia de la dignidad humana. Cuando el médico pasa por alto la “relación” con el paciente, el verdadero servicio médico queda sin piso tornándose nulo y hasta destructivo. Todo médico sabe de los casos cuando la deshumanización médica exagera e inventa enfermedades o hace intervenciones quirúrgicas por el sólo interés de ganar más dinero. Y para tal fin allí aflora rauda y gallarda una “relación interesada”. Enfocada así la medicina, ésta seguirá siendo menos que humana. Recuérdese aquí lo que la Ley 23 de 1981 sobre la Etica Médica dice: “El médico no exigirá al paciente exámenes innecesarios, ni lo someterá a tratamientos médicos o quirúrgicos que no se justifiquen”.[2]

Fundamento Nº. 3: El hombre es un ser racional

La óptica judeocristiana considera que todo ser humano es un centro de voluntad y poder activo y dinámico. Teológicamente hablando es bueno que el médico sepa que la persona a quien diagnostica y formula no es tanto un paciente sino un agente. Y si es un agente equivale a decir que igualmente es un ser racional. Y poseer razón es tener la capacidad de pensar. Ahora bien, examinando las tesis evolucionista y materialista las cuales consideran al hombre un “animal” mejor desarrollado por su adaptación al medio ambiente, con frecuencia se olvida que el hombre es el único ser vivo capaz de pensar racionalmente, no así los animales. Ningún animal puede plantearse los interrogantes que a la hora de filosofar agobian al hombre inteligente: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Por qué estoy aquí? ¿A dónde iré después de la muerte?

Es una falta que el médico que declara a su paciente(s) enfermo terminal, no se preocupe lo suficiente ante la profundidad de las anteriores preguntas. En cuanto a esto médicos hay que poco reflexionan. La destrucción del cuerpo –o como lo denominó el sabio Salomón, el “cuenco de oro” (Eclesiastés 12:6) –, y en la misma presencia de la muerte la comunidad médica todavía no se cuestiona de forma profunda y apropiada por qué el hombre tiene que morir. Cientos de médicos han aprendido de memoria que la muerte s es solamente un simple accidente biológico, un necesario condicionamiento o “falla” de la evolución, pero sin meditar más a fondo. (El lector encontrará una ampliación de este tema en capítulos más adelante).

Fundamento Nº. 4: El hombre es un ser inteligente

Como seres racionales y desde la perspectiva bíblica, necesitamos recordar a los médicos que el paciente-agente, el hombre enfermo que tiene bajo su cuidado es un ser que tiene el don de la inteligencia (grande o pequeña) la cual ha de tomarse en cuenta. El médico debería hablar a su paciente como alguien que escucha y puede dar o recibir razones o información. Los tratamientos y diagnósticos, sus efectos y consecuencias deben discutirse con el paciente hasta donde sea posible y no simplemente “imponerlos”. Por consideración humana casi siempre es recomendable explicarle lo que le va o puede ocurrir o cómo serán las cosas en procura de una mayor tranquilidad. Por lo menos, el consentimiento que el paciente ofrezca debería ser una respuesta que surge de la información ofrecida por el médico. Desde luego que hay ocasiones en las cuales el médico puede reservarse ciertas informaciones cuando el caso y su competencia lo requieran. Sin embargo, como científico y en razón de su práctica, todo médico está tentado a pensar que su paciente es un ignorante que no sabe nada, y que no tiene por qué darle razón alguna en materias de medicina. Sin embargo, si se toma en cuenta este fundamento, el mutuo razonamiento compartido por médico y paciente, a la hora de la verdad es mucho más importante que la erudición científica y tecnológica de la cual pueda jactarse el médico. En relación con lo anterior, la legislación colombiana (y de casi todos los países occidentales) sentencia para la ética médica lo siguiente:

“El médico no expondrá a su paciente a riesgos injustificados. Pedirá su consentimiento para aplicar los tratamientos médicos y quirúrgicos que consideren indispensables y que puedan afectarlo física o psíquicamente, salvo en los casos en que ello no fuere posible, y le explicará al paciente o a sus responsables de tales consecuencias anticipadamente.[3]

No hay duda que este código es muy claro. Pero, siendo así, ¿por qué no se toma en cuenta en forma permanente por nuestros médicos? ¿Por qué se hace coso omiso con tanta facilidad? La dimensión bíblica judeocristiana aclara que el hombre ha sido creado dentro de un marco de tres relaciones: vertical hacia Dios; horizontal o social hacia el prójimo; y perpendicular hacia la naturaleza. Es menester ver estos otros tres análisis con el fin de completar y profundizar nuestro tema en el siguiente capítulo.

Fundamento Nº. 5: Sólo el ser humano fue diseñado para relacionarse con Dios




La Biblia enseña que la relación vertical con nuestro Creador tiene que ver con el impulso natural religioso y espiritual de todo ser humano, impulso que puede ser capitalizado en la más alta forma de conocimiento experimental de Dios mediante el nuevo nacimiento espiritual explicado por Cristo a Nicodemo (Juan 3:3,5) en el Evangelio de san Juan. Este postulado deliberadamente se deja de lado por los instructores de la cátedra médica en las universidades donde impera el secularismo. Muchos médicos se han convencido de que creer y conocer a Dios es sólo una “hipótesis” sin importancia para la vida y ejercicio profesional del estudiante de medicina. A fin de contrastar la importancia de este tema conviene hacer aquí un breve repaso de los diferentes enfoques ateístas, agnósticos y materialistas que el humanismo filosófico sigue planteándonos y que a la postre hoy forma parte del moderno pensar médico en el campo moral y ético. Veamos los siguientes:

(a) “Dios, una proyección del hombre” (Ludwig Feuerbach). Para este filósofo la idea de Dios es innecesaria y hasta perniciosa para la mente del hombre. No es extraño que los médicos que se han dejado atrapar por esta errónea idea sean quienes den un trato inhumano a los pacientes que pasan por sus manos y consultorios. (Véase luego el ejemplo de Joseph Mengele como fruto directo de esta falsa creencia).

(b) “Dios, un consuelo interesado” (Carlos Marx). Basado en esta premisa el forjador del Materialismo Dialéctico enseñó que la Biblia es el producto de la astucia tanto de pastores, sacerdotes y gobernantes que se aprovecharon de las masas ignorantes en un remoto pasado. De los temas bíblicos, lo único que a Marx le interesó fue determinar el papel que las ideas religiosas desempeñan en el proceso social. Nunca tuvo interés en la esencia y contenido ni del judaísmo ni del cristianismo. Esto lo llevó a decir que la religión era el producto del sistema económico imperante en los sistemas sociales tradicionales. Y, ¿cuántos médicos continúan creyendo y repitiendo esto mismo hoy día?

(c) “Dios, una ilusión infantil” (Sigmund Freud). Freud alegó que la idea de Dios en el hombre provino del culto fetichista (adoración de palos, huesos, objetos inanimados) y de la adoración de espíritus, que se expresa en forma de culto a los muertos (necromancia) y a los animales (Tótems). También enseñó que con base en estas inclinaciones religiosas primitivas, el hombre ideó el monoteísmo, y éste a su vez dio origen al cristianismo, la idea religiosa mejor desarrollada acerca de Dios conocida hasta hoy. Pero, no hay duda que Freud tomó esta errónea idea de Herbert Spencer (1820-1903), padre de la sociología moderna, teórico que a su vez estuvo saturado del evolucionismo darwiniano.

No obstante, todo médico inteligente debe comprender que estas teorías no explican el origen de la idea de Dios en el hombre. Todas ellas comienzan con una suposición contraria a los hechos, es decir, que originalmente el hombre no era religioso o que poseía la idea de Dios en su mente. Está demostrado que estas teorías resultan falsas debido a que jamás se ha visto a un ser humano sin el “sentimiento de la divinidad” o sin “la semilla religiosa” (Calvino). No existe pueblo sin religión. Aquí cabe recordar el dicho del filósofo inglés David Hume, ateo y escéptico, y sin embargo reconoció: “Busque usted un pueblo sin religión, y si lo puede encontrar, tenga la seguridad de que no estará muy lejos de ser como las bestias”. Desgraciadamente, el enfoque agnóstico y ateo desde los inicios del siglo XX comenzó a formar parte de los currículos médicos en las universidades.

El “sentimiento de la divinidad” es inevitable en la mente o conciencia de todo hombre; pensamos, preguntamos o invocamos el poder de Dios justamente porque somos criaturas hechas por Él a su imagen y semejanza. De acuerdo a este ángulo de visión, dichosamente el hombre no es un extraño para Dios. Aunque ofendido por el hombre, el Señor no lo descuida, “sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia” (Hechos 10:35), justicia que comienza por el arrepentimiento y la fe para con Cristo Jesús.

El desarrollo médico-científico plan de Dios. Que esto es así, queda demostrado por la actividad de la divina Providencia que ha preservado a la raza humana para que hasta hoy sobreviva sobre la faz de este planeta conforme a Su propósito eterno de redención (Efesios 1:5,11). El aumento o progreso de las ciencias médicas a favor de la humanidad es una señal distintiva de esto. La disminución en casi todo el mundo de la tasa de mortalidad tiene que ser un efecto de la misericordia de Dios (véase 2ª de Pedro 3:9).

Ahora bien, contrario a tantas opiniones de la filosofía moderna, Dios no es Dios por el hecho de poder relacionarse con el hombre. Las Escrituras nos hablan de la preexistencia y eterna existencia de Dios antes de todas las cosas. Si esto no fuera así, la divina revelación no diría: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1). En cambio, con el hombre no sucede igual. El hombre, en tanto que hombre, sólo llega a ser verdadero hombre si está relacionado con Dios; en otras palabras, si tiene comunión con su Hacedor. Lejos del compañerismo con Dios no puede sino existir frustración, aburrimiento, miedo y temor a desaparecer de este mundo por la amenaza de las enfermedades. La personalidad humana no alcanza su razón de ser si no está relacionada con Dios. El rostro de los hombres sólo llega a reflejar el brillo de lo bueno, lo justo y lo sagrado si guarda relación con ese Dios trascendente. Dentro de este campo, cualquier médico puede negar que Dios existe y que los hombres no somos sino un accidente cósmico con responsabilidades únicamente ante nosotros mismos y la humanidad, pero con seguridad que no está diciendo la verdad.

De consiguiente, la misma naturaleza nos demuestra que toda persona posee dignidad humana por el hecho de que lleva la imagen de Dios. Siendo el hombre un espejo del Creador, debemos respeto a cada hombre, y cuánto más el médico por su paciente. Cuerpo y espíritu no nos pertenecen de por sí, no somos los dueños absolutos de nuestro ser. Solo Dios nos ha creado y solo Él es nuestro dueño absoluto. Daremos cuentas a Dios como juez de vivos y muertos por nuestro cuerpo y alma, o por la forma como tratamos el cuerpo y el alma de los demás hombres. Bien dijo el apóstol Pablo que el creyente es templo del Espíritu Santo (1 Cor. 6:19; 2 Cor. 6:16).

Aplicaciones para la práctica médica. Es necesario que aquí llevemos a cabo ciertas aplicaciones que tienen que ver con la práctica médica. En primer lugar, cuando un médico general o cirujano dispone a su antojo del cuerpo de su prójimo y para ello emplea procedimientos clínicos o quirúrgicos que lo reducen, lo deshumanizan o lo destruyen, necesariamente son acciones que algún día serán recordadas delante del Juez divino. La Biblia sentencia: “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo” (2ª de Corintios 5:10).

En segundo lugar, un médico puede negar la dignidad inherente de un o su paciente cuando lo mide por su condición racial, social, económica o política; de tal médico se puede esperar lo peor. En nombre del avance médico y “científico” se pueden cometer grandes abusos en contra de los que necesitan recuperar la salud. Esto particularmente es cierto dentro de sistemas político-sociales-religiosos que no toman en cuenta al hombre a partir de su dignidad como criatura hecha por Dios. Recordemos aquí los casos de los enfermos de sífilis, o de SIDA, etc., o de los pacientes terminales sin cobertura socio-económica a quienes deliberadamente se les niega tratamiento médico; muchos “aprovechan” y los utilizan como “ratones de laboratorio”, “ratones” a los cuales jamás se les toma en cuenta su consentimiento. Estas prácticas siempre son y serán injustificadas por más que se alegue que se hace en nombre del “avance” médico-científico. Siendo el hombre lo que es, un ser que puede entrar en las más elevadas relaciones con Dios por medio de Cristo, nunca debería un médico cirujano “usarlo” como un medio, ni siquiera como un fin en sí mismo para la experimentación o conocimiento científico. ¡Irrespetar la dignidad humana es irrespetar y violar el reflejo del Creador!

(d) Ejemplo histórico de un médico evolucionista, materialista y ateo sin respeto por la imagen de Dios en el hombre. Cualquier persona sin Dios y sin respeto por la dignidad humana con frecuencia puede llegar a ser peor que las bestias. Examinemos el siguiente ejemplo histórico. Durante la Segunda Guerra Mundial en el “Departamento Científico” de la calle 10 en Auschwitz, médicos alemanes “experimentaron” con personas a quienes se les negó la dignidad humana bajo la diabólica premisa de que “el fin justifica los medios”. Se puso en práctica la enseñanza evolucionista de la “supervivencia del más fuerte sobre el más débil”.

David Rauch[4] escribe que los denominados profesores de Hitler, los doctores Horst Schumann y Carl Clauberg, profesor de ginecología de la Universidad de Könisberg, experimentaron con rayos X y técnicas quirúrgicas en carne viva de mujeres judías para lograr su esterilización. Otro método empleado consistió en inyectar sustancias dentro de los ovarios para dicho fin. En otros rincones de Auschwitz, médicos cirujanos hicieron transplantes de tejidos cancerosos dentro del útero de infortunadas mujeres judías para estudiar su reacción. Método infernal que se acostumbró en aquellos aciagos días fue la remoción de los órganos sexuales de hombres y mujeres. Como forma de “experimentación científica”, a varias personas les cambiaron el sexo (léase, transexualismo en contra de la voluntad de las víctimas).

Otros inducían preñeces mediante la inseminación artificial para luego matar a la madre con todo y feto. Bajo la influencia de la ideología del nazismo los farmaceutas alemanes iban a los hospitales para probar sus drogas en pacientes enfermos, y no importaba que fueran alemanes, judíos o de otras nacionalidades. Sobre la base de dichos experimentos y en nombre del Tercer Reich, Hitler comisionó la fabricación del gas letal a la I. G. Farben Corporation para ser usado en las cámaras de gas en contra de prisioneros indefensos de Auschwitz. Otros médicos también se dieron a la tarea de hacer “experimentos” con seres humanos empleando los métodos más crueles e inhumanos. Algunos utilizaron la corriente eléctrica sobre el cerebro de prisioneros para medir el campo eléctrico de las neuronas y el comportamiento de su estímulo; otros hicieron uso del virus de la malaria traído del África infectando a los pacientes para establecer sus reacciones.

Joseph Mengele y su horrible teatro de “experimentación”. No creo que sea una exageración decir que J. Mengele es, quizá, el más famoso de todos los médicos europeos en la historia del siglo XX. Por algo le mereció el título de “ángel de la muerte”. Lo es no por su calidad ética y humana, sino por su crueldad, y a la postre, la historia moderna lo reseña como el más grande inventor de torturas quirúrgicas. Mengele fue director del Instituto para la Biología Hereditaria e Investigación Racial de la Universidad de Frankfurt. De allí fue enviado a Auschwitz entre los años 1943 a 1945. Estos dos años le fueron suficientes para convertirse en el campeón por asesinar a más judíos, a los que enviaba por en cantidades dentro de vagones de tren a las cámaras de gas. Exterminó a hombres, mujeres y niños que no gozaban de buena salud; mató a quienes sufrían de parálisis, a los lisiados, a los dementes, ciegos y sordomudos.

Como grande y famoso médico genetista se apasionó por los niños gemelos y por la gente de talla baja así como por lo enanos para hacer experimentos con relación a los factores hereditarios. Lo destacable y aterrador de la labor de Mengele consistió en que con frecuencia mataba a los niños gemelos que ya no le eran útiles. Luego procedía a “cocinarlos” para extraer sus esqueletos, y que luego enviaba para su colección al Museo Antropológico de Berlín. Los niños gemelos de otras razas o nacionalidades debían ser escondidos a fin de no parar en las manos de este “científico increíble”.

Historia reciente. Lo anteriormente descrito no es solo una pesadilla del pasado. En el año de 1995, en mi país natal, informes periodísticos dieron cuenta de algo similar en la ciudad de Barranquilla, Colombia. Médicos ávidos de dinero de la Universidad Libre de esta ciudad, pagaron a criminales para que asesinaran a gente indigente (mal llamados en nuestro contexto social “desechables”) sólo con el fin de vender sus órganos. Tan horripilantes crímenes conmovieron a un gran sector de la sociedad colombiana al grado tal de pedir que se castigara ejemplarmente a los culpables. Pero, sabemos que dichos abusos no solo se cometen en mi país, sino en todas las naciones donde la comunidad médica no honra la santidad de la vida tal como la inventó Dios.

¿No son acaso estos horrores el fruto del pensamiento evolucionista y ateísta? Esto suele ocurrir cuando el hombre se aleja de Dios en cuanto a toda consideración ética, moral y espiritual de acuerdo al enfoque bíblico y cristiano. Ejemplos macabros como los anteriores vuelve y nos hace pensar en el planteamiento del origen del hombre. Debemos preguntarnos si el ser humano puede ser definido sólo desde el enfoque de la sola “animalidad” de acuerdo a la teoría evolucionista sin un origen y sin un destino digno, o desde el enfoque bíblico y cristiano de la “dignidad humana” por el hecho de ser una criatura hecha por Dios. Los médicos cuyo pensamiento no es el producto de la cosmovisión judeo-cristiana de la Palabra de Dios necesitan percibir que el camino del humanismo ofende a Dios y a la razón humana. Es por ello que hay médicos que en lugar de dar un buen fruto por el privilegio científico que dominan otorgado por Dios, su fruto más bien ha sido amargo y lamentable.

Cuando no se parte del postulado bíblico y cristiano de que somos la obra de un sapientísimo Creador, no puede existir el verdadero arte de la medicina. Un médico, con todo el conocimiento que tiene de las maravillas del cuerpo humano debería impulsarlo a buscar y a relacionarse con Dios por medio de la Biblia; pero la naturaleza humana prefiere suprimir este conocimiento y despacharlo como algo sin importancia. (Lea 1 Corintios 2:14,15).

Fundamento Nº. 6: Relación social del hombre

Hemos visto que el hombre es un individuo que guarda relación consigo mismo y que posee identidad propia; no obstante es un ser social. Dios lo ha creado para que forme relaciones con otros seres humanos y forjar así un determinado destino. Realmente el sentido de pertenencia a este mundo lo alcanzamos en compañía de otras personas, y esto también nos da la medida de la realización como ser humano. El yo necesita de otro yo para que su existencia no sea pálida o sin sentido. A la hora de la verdad no hay hombres o mujeres “isla”. Todo médico debe tomar en cuenta esta red humana de la cual él también forma parte. La solidaridad humana es algo muy tangible. Quien no muestra interés por esta faceta de la vida humana puede deberse a que quizá vive gravitando alrededor de su propio ego, profundamente estimulado por el consumismo materialista de estos tiempos.

Como criatura social, todo paciente necesita experimentar que tiene sentido de pertenencia, aceptación, sentido de importancia, no solo para la familia sino para el médico, para el personal que trabaja en el hospital y para todos los demás. No es un secreto que en la medida en que esta dimensión está ausente, médico y paciente se empobrecen humanamente. Es lamentable que con la especialización, la medicina ha cancelado “el médico familiar”. En mi modesta opinión, el pueblo, la sociedad volvería a ganar mucho más si de alguna manera se pudiese regresar al antiguo sistema, sistema que debería ser propiciado por el Estado. Sin embargo, para empezar por algo, aquello podría ser realizable por médicos cristianos que podrían hacer labor pastoral no solo en el cuerpo sino en el alma de los enfermos, no solo llevando la medicina física sino también la espiritual, el Evangelio de Cristo Jesús.

Fundamento Nº. 7: Sólo el hombre posee una relación directa y consciente con la naturaleza

El hombre no está relacionado solo con Dios y con su prójimo sino también con la naturaleza o mundo orgánico que le rodea. Dios puso al hombre sobre la tierra, no en el aire, y requiere de toda la naturaleza para alcanzar sus fines más elevados y provechosos. El cuerpo humano, por ser físico, necesita de la naturaleza que es el medio indicado por Dios para su subsistencia física. Tierra, agua, aire, fuego y energía solar, forman un estrecho vínculo con toda el ambiente terrenal con un fin: el la vida de su organismo físico. En términos modernos, el hombre es una unidad psicosomática. El hombre es parte de la naturaleza pero no es un producto de la naturaleza como tal; no es solamente un conjunto de moléculas; sin embargo, su cuerpo está formado por muchos y diversos elementos químicos de la propia naturaleza. Hemos visto que su origen es divino y ha sido puesto por su Hacedor por encima de la creación como virrey. Este estado de cosas tiene una serie de vínculos los cuales de forma directa envuelve a la medicina. Como quedó dicho antes, el hombre no es meramente un cúmulo de átomos y moléculas que forman el animal más consciente y mejor desarrollado de los seres vivos.

El paciente tampoco es aquella criatura cuyo cuerpo y mente ocupa el primer lugar en la escala zoológica de los seres vivos. ¿Qué nos está diciendo la realidad de que el hombre (como varón y hembra) es la única criatura que está rodeada de dimensiones psíquicas, sociales, culturales, religiosas y espirituales? ¿Por qué –en sentido terrenal–, podemos decir que la criatura humana es el único ser que puede trascender a los demás reinos de la naturaleza? ¿Acaso, esto no nos fuerza a seguir pensando en su origen divino tal como lo enseña el libro del Génesis?

Cuando un médico trata con el cuerpo de un hombre, está tratando con algo más que un mero cuerpo material; y aún cuando es algo palpable, es “algo” que posee una dimensión sobre-corporal por ser imagen y semejanza de Dios. Cuando un médico trata a su paciente solamente como un “cuerpo en el espacio”, como ser abstracto, lo deshumaniza. Como pastor sé cómo puedo sanarme de mis dolencias espirituales y morales empleando la prescripción clínica de la Palabra de Dios. Y no me gustaría que al pasar por pruebas o dificultades que hacen doler alma y cuerpo, alguien me tratara de forma abstracta, lo cual equivale a decir sin valor o sin sentido.

Si reproducimos la experiencia de cualquier paciente enfermo en la propia humanidad del médico, seguramente al amable doctor no le gustaría que fuera tratado como un ser abstracto, sin valor o sin sentido. Aquí cabe la denominada “regla de oro” del Señor Jesucristo: “Así pues, hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes, porque esto es lo que manda la ley y los escritos de los profetas” (Mateo 7:12, versión Dios Habla Hoy).

Por todo lo dicho, cobra importancia en grado superlativo la enseñanza de la antropología judeo-cristiana sobre el hombre, con el fin de que todo médico pueda ver en su paciente el proyecto y el propósito de su Creador. Actuar en contra de esta verdad es impedirse a sí mismo el punto clave de la existencia humana como médico, profesión a la cual Dios le ha llamado para que le sirva. Cuando un médico no hace esto, significa que no quiere devolver a su Creador la gratitud que le debe por concederle tan noble arte y profunda ciencia. Tampoco se debe olvidar que el arte médico de curar es un perfecto símbolo de la gracia de Dios, porque lo que hace Dios con los pecadores es curar la grave y mortal “enfermedad” del pecado.




2. COSMOVISIÓN BÍBLICA Y PENSAMIENTO HUMANISTA ANTIGUO Y MODERNO

HACIENDO PENSAR A TODO MÉDICO




La continuación de nuestro tema nos dirige ahora al examen de las raíces u orígenes de la deshumanización médica. ¿Por qué el científico en medicina así como la moderna biología ven al hombre no como una persona hecha a imagen y semejanza de Dios sino únicamente un cuerpo con síntomas, dolencias o una máquina a la cual le puede estar llegando su final biológico?

1. ¿Qué es el cuerpo que tengo?

A. El cuerpo humano y la manipulación médica. Nadie puede desconocer su propio cuerpo. El cuerpo que tenemos es el único que poseemos, es el cuerpo que soy, y no tenemos posibilidad de separarnos de él o dejarlo a un lado y volverlo a tomar cuando queramos. El concepto bíblico del cuerpo (soma) consiste en la corporalidad individual inseparable de lo que denominamos alma o espíritu. En otros términos, el hombre es una unidad, un solo compuesto que no está completo como ser humano sin la perfecta unión de alma y cuerpo (Génesis 2:7). Cuando los titulares de los periódicos anuncian lo que ha hecho un cirujano con el cuerpo de otro, la celebración se hace con ¡gran júbilo! Pero no pocas veces estos triunfos son el resultado de personas sometidas a experimentación y manipulación permanente. Igual puede decirse de los experimentos con nuevos medicamentos en el cuerpo de pacientes; y no es un hecho increíble que no se haga de buena fe, pero tampoco podemos negar que se trata de otra manipulación del hombre por el hombre. A pesar de esto, nadie debería menospreciar los verdaderos avances que la medicina está logrando a su paso. Debemos ponderarla cuando sus hazañas guardan un correcto paralelo con lo que la Biblia enseña acerca de lo “sagrado” de la vida. Como en otros campos, en la medicina también existe una especie de antinomia médica la cual permanece en continuo conflicto. ¿Qué significa antinomia médica? Permítame el amable lector enfocar el significado de esta palabra desde el punto de vista de la filosofía. De acuerdo a esta rama del saber, una antinomia es la situación que se presenta entre dos principios opuestos pero igualmente válidos. Muchos médicos trabajan y experimentan con otros cuerpos para poder sanar el cuerpo que somos (tenemos) como seres humanos; sabemos que es imprescindible continuar con tales estudios; no obstante, la ética cristiana se preocupa de que los científicos tomen en cuenta el criterio divino y bíblico cuando tratan con los cuerpos de cierto tipo de “pacientes”. Nunca se debería olvidar el trato respetuoso y digno que merece el cuerpo que somos y tenemos. El problema ético substancial es la deshumanización que se presenta cuando el médico no toma en cuenta la aprobación del paciente para los casos de “experimentación”.

B. La Medicina y su herencia grecolatina. El pensamiento ético-médico moderno que reduce el cuerpo humano al concepto de “máquina” o a un “compuesto atomista”, es el producto de un enfoque cultural cuyas raíces penetran muy adentro de la visión grecolatina del hombre. La formación médico-filosófica que reciben nuestros galenos está directamente relacionada con la antigua manera griega de pensar acerca del hombre y su cuerpo. Podemos entender lo anterior al examinar el pensamiento griego antes de Cristo.

Para Empédocles, Leucipo y Demócrito, antiguos mecanicistas griegos (500-400 a. C), el cuerpo humano es una obra de la naturaleza que se explica según el modelo de las máquinas. Y solamente la armonía y funcionamiento mecánico de sus órganos es lo que produce la vida, vida que en ninguna manera es equiparable a la enseñanza bíblica sobre el alma.

El atomismo griego ha perdurado en el pensamiento general de Occidente, al grado tal que ha traspasado los umbrales de la filosofía moderna y contemporánea. La media verdad que contiene este enfoque ha logrado moldear la mentalidad médica más avanzada. A un gran sector de la medicina actual no le ha sido fácil desligarse del criterio de que toda la realidad se reduce a átomos incluyendo el espíritu humano y también a Dios. Según Leucipo y Demócrito (460-370 a. C.) los átomos (palabra griega que significa sin-corte, in-divisible) son los únicos componentes, inmutables y corporales de todo lo real, también del alma humana y de Dios. En opinión de aquellos, los átomos se distinguen solo por su forma geométrica y su ubicación en el espacio vacío. El cuerpo humano y el de los animales están compuestos de una especial sustancia atomista muy especial cuya facultad es dar origen y vida a los seres vivientes. Para el antiguo pensamiento griego la materia posee vida inherente en sí misma. En la antigua filosofía griega recibe el nombre de Hilozoísmo.

Sin embargo, gracias a Dios, no se puede negar que el antiguo mecanicismo griego no ha influido totalmente a nuestros médicos. La herencia ética del pensamiento hebreo-cristiano, por su parte, ha hecho algo significativo dentro de ciertas comunidades médicas, especialmente en países con notable avance económico. La consideración por los pacientes, al cuerpo que somos y la promoción de una conciencia médica más humana es fruto de la estimación bíblica y cristiana. Pero pese a ello, todavía existe barbarie y falta de amor y estimación individual de parte de muchos médicos en hospitales y clínicas de muchos países. De otro lado, debemos decir que aún la herencia griega y humanista también afecta al campo social y político, reflejos que inciden en la forma como los gobiernos tratan el eterno problema de la seguridad médico-social en los muchos pueblos del mundo.

2. Influencia de Platón y Aristóteles en la medicina moderna

Quizá sin saberlo, el enfoque moderno de la medicina se sirve del esquema platónico-aristotélico del cuerpo humano. Dicho enfoque, aunque puede ser considerado más benigno que el mecanicismo o el atomismo, sin embargo, no se desliga de su falso concepto. Consciente o inconscientemente cierto tipo de médico culto y respetuoso se aferra al dualismo alma-cuerpo elaborado por estos grandes filósofos de la antigüedad. Este tipo de idea florecida en el talante del médico moderno, logra que en el fondo se manifieste cierto desprecio por el cuerpo y por lo tanto el ser del paciente terminal o del enfermo de clase social pobre. Bajo este análisis griego el paciente puede ser mirado como un “cascarón” deteriorado que cumple su ciclo biológico en este mundo, pero no se intenta nada más, y tampoco se realiza el mejor esfuerzo consciente... En determinado instante la actitud de ciertos médicos revela una personalidad mecanicista o dualista al no prestar la debida atención al dolor y descomposición de un ser que es una persona con dignidad propia y no es solamente “cuerpo”.

El enfoque del antiguo y pagano pensar médico está vivo y latente, a tal grado que condiciona los principales libros y manuales para la práctica médica. Es claro que no todos los pensadores griegos fueron dualistas, pero nuestro lenguaje ordinario emplea aquel viejo hablar del cuerpo que llega hasta la filosofía moderna. Sin querer ser exhaustivo bosquejaré algunas ideas de los más importantes pensadores griegos:

A. Platón (428-347 a. C.): Dice en su obra Diálogos: “El cuerpo es una tumba”, (Georgias, 439) “mientras nuestra alma esté unida a esa cosa fea (el cuerpo) jamás poseeremos suficientemente el objeto de nuestro deseo” (Fedón, 66,b). “Hay que poner el alma lo más alejada del cuerpo, acostumbrarla a reducirse, a recogerse sobre sí misma, partiendo de cada uno de los puntos del cuerpo, a vivir, tanto como pueda, aislada y separada, totalmente separada del cuerpo como si no tuviera vínculos” (Fedón, 67c). “El que se dedica a la filosofía, en el justo sentido del término, deja ver a las claras que su única ocupación consiste en morir y en estar muerto” (Fedón, 64a). “No es cierto que el sentido preciso de la palabra ‘muerte’ quiere decir que un alma está desprendida y separada del cuerpo” (Fedón, 67b). “La muerte es la liberación suprema del alma, porque el hombre corporal lleva en sí un principio divino y eterno, el alma que él debe liberar del cuerpo material y perecedero, reduciéndolo a la mínima expresión de la purificación ascética. El alma está en el cuerpo como en una prisión” (Fedón 33c).

En el pensamiento platónico podemos percibir que se da un estudio sistemático del cuerpo como algo diferente y despreciable del ser humano. El cuerpo viene a ser una realidad con identidad propia independiente del alma pero de menor valor que aquella. Platón no ve al hombre como unidad psicosomática sino como algo que necesariamente debe separarse.

B. Aristóteles. Repasemos ahora el criterio de Aristóteles (384-322 a.C.). Opuesto a Platón, su pensamiento es que el cuerpo humano no es una sustancia independiente del alma. Es mas bien una especie de punto de vista sobre la realidad concreta del hombre viviente. Para Aristóteles en el hombre existe una unidad psicosomática. Su opinión estuvo muy cerca del concepto hebreo-cristiano, pues veía en el cuerpo al hombre que es. En su pensamiento encontramos ideas más acorde con la realidad que somos. Dice: “Cuando el alma está separada del cuerpo, sólo queda un cadáver y no un cuerpo, propiamente hablando. Es un hecho provisional que el cadáver conserve la forma del cuerpo. El cadáver es un montón de polvo” (Metafísica, 10,1035b, 25). Además, Aristóteles sostiene que “un dedo muerto, es dedo por homonimia”.[5] De igual forma, “el ojo es la materia de la vista, y sacando a la vista, ya no hay ojo sino por homonimia, como un ojo de piedra o un ojo dibujado” (De ánima, II, 1,412b, 20).

3. Modelo mecanicista de René Descartes en relación con el cuerpo humano

En la herencia cultural de Occidente prevaleció el dualismo de Platón en relación con el cuerpo humano. Esto se debió a la influencia de Plotino (205-270) y de san Agustín de Hipona (354-430). Dicho dualismo con el correr de los siglos ejerció visible influencia en René Descartes (1596-1650), gran popularizador de este esquema en la filosofía y la medicina moderna, y del todo contrario al vitalismo médico. Este filósofo moldeó en alto relieve la concepción médico-científica-mecanicista del cuerpo humano con lo cual, es cierto, hizo que la medicina obtuviera importantes avances. Descartes ve el otro lado de la sustancia finita, al lado del alma y distinto de ella, al mundo de los cuerpos o mundo de la rex extensa. Si el alma equivale a la conciencia, el cuerpo lo es a la extensión. En su obra Meditaciones II, 5 dice: “Yo me consideraba primeramente con un rostro, manos, brazos, y toda esta máquina compuesta de huesos y de carne, como se ve en un cadáver, que yo llamé con el nombre de cuerpo”. (Se abre paso aquí la antigua idea griega en sentido moderno del cuerpo humano como hombre-máquina). En cuanto al espíritu, Descartes dirá: “Pienso, luego existo”; con esto nos da a entender que el espíritu es la sola cosa pensante, la parte autónoma (o más importante en relación al cuerpo). Y justamente, con relación al organismo biológico dice: corpus sive extensio (“el cuerpo solo es extensión”); en esta perspectiva significa que el cuerpo humano no forma parte del verdadero yo del hombre.

Esta idea está mejor explicada en su libro Las Pasiones del Alma. Allí leemos: “El cuerpo del hombre se diferencia de un hombre muerto tanto cuanto un reloj con energía en relación con el mismo reloj cuando está roto”. Esta cita nos da una idea de lo que pudo ser el impacto de la revolución científica en el siglo XVII. Para Descartes, en lo que respecta al cuerpo humano sólo es una máquina. No es el alma la que presta vida al cuerpo –el automovimiento de los antiguos–, sino que los movimientos vitales del hombre en su conjunto son una parte del movimiento cósmico, y tiene por tanto su origen fuera. Su idea de que el cuerpo viviente es como un reloj al que se le ha dado cuerda y que de ahí le viene su movimiento, y esto sumado al evolucionismo, dio lugar a que un gran sector del análisis teórico y filosófico de la medicina cayera en el abismo del ateísmo.

Descartes negó que el alma sea lo que anima o da movimiento al cuerpo humano. Para él, más bien, se trataba de “espíritus animales”. Estos no son, a su vez, más que cuerpos, sólo que tienen las peculiaridades de ser pequeños y de moverse rapidísimamente como las partes de la llama de una antorcha. Son producidos por la sangre y su calor, diferentes en las distintas partes del cuerpo, y desde el corazón son enviados al cerebro. Las ideas cartesianas son un ancla de puro mecanicismo aún para el cuerpo animado. “Los movimientos que se dan en el cuerpo dependen del curso que los espíritus, excitados por el calor del corazón, siguen naturalmente en el cerebro, en los nervios y en los músculos, de la misma manera que el movimiento de un reloj es producido por la sola fuerza de su resorte y por la figura y disposición de las ruedas”.[6]

Paradoja y Providencia divina. Salta a la vista por contraste y paradoja el hecho de que la medicina y la moderna biología han progresado “gracias” al enfoque greco-cartesiano del cuerpo. Ante esta realidad sólo atisbamos a decir que “Dios es el único que sabe extraer el bien del mal” y “de lo imperfecto lo perfecto”. El modelo mecanicista sobre el organismo humano se ha perfeccionado con la ayuda de los adelantos de las matemáticas; las ciencias biomédicas han logrado construir un modelo de cuerpo cibernético, progreso que hay que reconocer se debe al avance de la objetividad científica que sobrevino en buena hora con los adelantos teológicos y científicos de la Reforma del siglo XVI. No se nos olvide que allí están los comienzos de la verdadera ciencia moderna. En otras palabras, el enfoque que estamos estudiando ha facilitado notablemente el progreso de todo el saber quirúrgico del cuerpo humano; por ejemplo, mediante la cirugía los médicos han logrado ciertamente extraer “partes” de la “máquina humana” reemplazándolas por otras “piezas” justamente como se arregla un reloj sin dejar morir la máquina. En las postrimerías de nuestro siglo ya se habla de trasplantes de cabeza, de manos y de pies. ¿A qué costo físico y moral? Nos seguirán aguardando grandes sorpresas para el siglo XXI.

Todo aquello podría estar bien, pero... Aun cuando Dios ha permitido realmente los prodigiosos avances de las modernas cirugías, sin embargo la medicina se olvidó de nuestro cuerpo humano como ser. Este es su principal pecado. Esto conduce a pensar en la importancia y necesidad de que los médicos y biólogos cristianos se den a la tarea de elaborar una verdadera Teología Ética de la Medicina desde la óptica bíblica y cristiana. ¡Qué bueno fuera! Por ahora, para tratar de cumplir este cometido, permítanme hacer unos sencillos análisis de lo que se puede denominar el modelo hebreo-cristiano sobre el cuerpo humano.

4. Modelo hebreo-cristiano del cuerpo. Considero que el redescubrimiento de la faceta de Hipócrates por parte de los médicos desde mediados del siglo XIX hasta hoy, favoreció el enfoque vitalista de la medicina, enfoque más acorde con la noción bíblica del hombre. La recuperación de dicho enfoque fue y sigue siendo una bendición de Dios para la humanidad. Recordemos que durante los siglos XVII y XVIII las teorías de René Descartes condujeron a la medicina hacia la noción cuerpo-máquina del ser humano. Estas teorías mecanicistas consideraban la enfermedad como un problema de presiones o acumulaciones y la medicina como una serie de dispositivos evacuadores, relajantes y excitantes. Los médicos y sus clientes, asustados por los excesos de esta medicina drástica quedaron ilustrados por las purgas y las sangrías ya denunciadas por Molière (1622-1673), dramaturgo y actor francés.

Si vamos a reconocer la realidad de nuestro cuerpo y su básica importancia psico-somática como parte constitutiva de lo que somos, necesitamos ubicarnos en este esquema. Al contrario de los enfoques mecanicistas, esta es una visión más dinámica y global que toca con el mundo de la realidad de cada individuo: nuestros cinco sentidos y su capacidad de percepción nos dicen lo suficiente acerca de nuestras experiencias con el sufrimiento, el dolor y el placer. Al hablar sobre los orígenes de nuestro organismo ningún otro esquema habla mejor sobre la dignidad del cuerpo humano como lo hace el hebreo-cristiano. Este material puede considerarse una ampliación de lo ya dicho en el capítulo 1. Allí hablamos de la creación del hombre en general. Aquí nos detendremos un poco más para analizar ciertos términos bíblicos que por su mismo contenido lingüístico dan un significado adecuado a nuestro tema.

A. El cuerpo humano en la interpretación del Antiguo Testamento. A primera vista, la literatura inspirada de la Biblia nos dice que el cuerpo humano es una asociación de las funciones físicas con las psicológicas. El hombre es un organismo psico-somático (psíquico-físico). Dios es el comunicador de la vida del hombre. La palabra hebrea más común para cuerpo es basar = “carne”. En el AT la versión bíblica de los LXX la traduce por el término griego sarx = “carne” (cf. Levítico 15:11, 16,19; 16:4; 19:28; este último texto prohíbe los tatuajes, hoy tan de moda, práctica prohibida por Dios, y además porque daña la personalidad como reflejo indiscutible del cuerpo que somos).

B. En el Nuevo Testamento. En el Nuevo Pacto la versión griega de los LXX también traduce basar por soma = “cuerpo” en varias acepciones: como cadáver (Mateo 27:52; Lucas 17:37). Este soma también puede ser resucitado (Mt. 27:52; Jn. 2:21). Jesús ofreció su soma como sacrificio (Hebreos 10:5,10). Para el apóstol Pablo el concepto soma cobra un vigor especial al hablar de la persona. El ser humano solamente existe (también en la esfera del pneuma = espíritu) como somático (Romanos 6:12; 12:1). Para el apóstol Pablo soma también adquiere un sentido general biológico que hay que entenderlo como cuerpo (1 Corintios 5:3; 7:34; Gálatas 6:17). En su forma de pensamiento el apóstol Pablo habla de su soma con relación a sarx (en este caso en sentido ético) con las siguientes palabras: “Yo soy un hombre de carne y hueso, vendido como esclavo al pecado” (Romanos 7:14).

Si el médico quiere prestar un servicio digno y verdaderamente humanitario deberá saber que en el Nuevo Testamento el término griego soma = cuerpo, no es algo que se le adhiere al hombre externamente, no es un agregado por así decirlo, sino por el contrario, el hombre no tiene soma, sino que él es soma. Es decir, soma designa al hombre en su totalidad como persona. Para el apóstol Pablo, el soma es la propiedad de cada individuo. Tiene la preocupación de que los creyentes no deshonren su soma (cuerpo) como lo hacen los paganos (Romanos 1:24). Entendido como soma, el hombre puede convertirse en objeto de actuación o de alienación, como cuando se somete el soma de una persona a experimentación científica para bien o para mal. Esto podría equivaler a un tratamiento médico-pagano del soma de un hombre.

Hay razones válidas para aceptar por qué el soma del ser humano no debería ser tratado como una “cosa”, y más bien debería ser tratada como algo sagrado. Para los creyentes en Cristo, la soma es la morada del Espíritu Santo (2 Corintios 6:16). La entrada del pecado hizo que el cuerpo humano quedara sujeto a toda suerte de virus y bacterias las cuales producen enfermedades, dolor y muerte como expresión del deterioro biológico, verdadera consecuencia física y espiritual del pecado.[7] Todo médico debería reconocer que Dios dio el arte y avance científico de la medicina con el exclusivo fin de que sea empleado para “distraer” por un rato a la muerte física. Los planes divinos se ven a diario como el “milagro” de la curación de un cuerpo enfermo mediante las artes médicas. ¿No ha de tomar Dios cuentas a aquellos que se les ha confiado tan noble y poderoso conocimiento? (Lea el amable lector 2 Corintios 5:10).

Bibliografía:

Bonhoeffer, Dietrich, Ethics, Touchstone Book, Simon & Schuster, New York, 1995.

Frame, John, M., Medical Ethics, Principles, Persons and Problems, P&R Publishing Co., Phillisburg, New Jersey, 1988.

Giles, E. James, Bases Bíblicas de la Ética, CBP, El Paso, TX, 1994.

Nyenhuis, Gerald, Ética Cristiana: un Enfoque Bíblico Teológico, Logoi, Miami FL, 1981.

Palá, M. Soler, Existencialismo y esperanza en la Teología de la Muerte, editorial PS, Madrid, 1972.

Stob, Henry, Tell, Reflexiones Éticas: Ensayos sobre temas morales, Grand Rapids, MI, 1982.

Thielicke, Helmuth, Vivir con la Muerte, Herder, Barcelona, 1984.

_______ Esencia del Hombre, Herder, Barcelona, 1985.





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1 Por el término humanismo médico-científico significamos aquí a aquella posición médica-teórica y filosófica que tiene como base el ateísmo y la fe ilimitada en el poder de la inteligencia humana. Esta postura conduce igualmente al rechazo de la ética bíblica y moral que se nos plantea en la Biblia como la única y suficiente revelación de Dios para guiar toda disciplina y comportamiento humano.

2 Cf. Ética Médica, Ley 23 de 1981, Ministerio de trabajo y seguridad social, ISS, Colombia, p. 10.

3 Ibid, p. 11.

4 Rausch David, A Legacy of Hatred (Moody Press, Chicago, 1984), p. 131.

5 Homonimia o calidad de homónimo (de homo, y del gr. onoma, nombre). Lo que da a entender con esto Aristóteles es que cuando una persona muere lo único que queda es el nombre.

6 Las pasiones del Alma, II, 16.

7 Esto particularmente es cierto de las condiciones de la tierra y su atmósfera antes del diluvio universal en la época de Noé. Muchos investigadores bien cualificados creen que las condiciones anteriores al diluvio eran muy diferentes de las que experimentamos en la actualidad. Se cree que entonces el clima era mucho más benigno por el llamado efecto invernadero. La capa de “vapor de agua” de Génesis 1:6,7; Job 38:9, a juicio de algunos científicos, habría filtrado los rayos ultravioletas, algunos de los cuales llegan a pasar a través del escudo de ozono y que hoy pueden estar involucrados en rápido proceso de envejecimiento y el cáncer de la piel. Esto en contraste con la extensa longevidad de los antediluvianos. Según la Biblia, inmediatamente después del diluvio la duración de la vida fue disminuyendo gradual pero rápidamente hasta el nivel actual.

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